Manual de instrucciones para olvidarte (Fallido)
Hay amores que no terminan, se desintoxican. Y despedidas que no se gritan, se protocolizan. Este no es un relato romántico, es el registro de una mente intentando sobrevivir al eco de un “hola”. Manual de instrucciones para olvidarte (Fallido), un intento honesto de dejar de amar cuando aún duele.
RUPTURAAMOR NO CORRESPONDIDOTERAPIAANSIEDADSUPERACIÓN
2/14/202625 min read


Sesión del 20 de diciembre de 2023 - El inicio
La primera vez que me vi con mi psicóloga desperdicié el tiempo hablando de trabajo. Lo hice con una habilidad que sólo aflora cuando estoy asustado: relleno los silencios como quien tapa una grieta con pintura, esperando que nadie note que la pared está por caerse.
La psicóloga me dejó hablar distendidamente. Ella era una mujer con voz suave y mirada quieta. Tomaba notas con un bolígrafo azul, sin prisa, como si ya supiera que mi historia real estaba escondida detrás de ese resumen correcto y aburrido que yo intentaba venderle.
Cuando me quedé sin palabras, levantó la vista y me preguntó:
—¿Y ella?
Fue una pregunta simple. No acusatoria. No curiosa. Solo exacta.
Sentí como crecía una presión en el centro de mi pecho como si mi cuerpo hubiera estado esperando esas palabras toda la hora.
—No sé cómo olvidarla —dije al fin y me odié por cómo se me quebró la voz—. Fue… fue demasiado.
—¿Qué te asusta más… recordarla o volver a depender de ese recuerdo para seguir respirando?
—Depender —dije, y me sorprendió lo rápido que me salió—. Que el recuerdo se vuelva mi oxígeno. Que un día me falte… y yo me desplome. Porque recordarla duele, sí… pero depender me deja sin dignidad.
Ella apoyó el bolígrafo sobre la libreta.
—No voy a prometerte olvido —dijo—. A veces uno no olvida. Pero sí puedo ayudarte a que no te gobierne… a que no decida por ti en los días malos.
Yo tragué saliva, como si “gobernarte” fuera un insulto.
—Pero si no la olvido, entonces… entonces pierdo.
Ella no me discutió la palabra. La rodeó.
—A veces “borrar” solo hace más ruido —dijo—. Probemos otra cosa: que puedas recordarla sin perderte tú. Que el pasado no te tome por el cuello.
Se inclinó hacia adelante.
—Quiero que escribas un manual. Lo vamos a construir en varias sesiones. Como un mapa para tus peores días.
A partir de este momento pude percibir el susurro de dos voces. Eran las voces de mi razón y de mi emoción.
Razón: se agarró de la idea como si fuese una baranda al borde de un precipicio.
Emoción: se rio por dentro. Ella siempre se ríe de mis barandas.
Al pasar varios días procrastinando la tarea que me había encomendado la psicóloga, decidí la noche antes de mi siguiente sesión hacer el esfuerzo de iniciar el manual y al llegar a mi casa, me senté en el sofá de la sala, tomé mi celular, abrí mi aplicación de notas y escribí el título como quien pone una etiqueta a una herida:
Manual de instrucciones para olvidarte (fallido).
Mi mente quedó dándole vueltas a la palabra “Fallido” y vinieron frenéticamente las siguientes frases: Fallido porque me repetía incesantemente que sabía que iba a tropezar. Fallido porque mi cuerpo todavía te recordaba mejor que mi mente. Fallido porque yo había amado con esa clase de amor que no entiende de despedidas.
Luego de ese titubeante inicio, por más que intenté no pude avanzar con mi tarea, pero la ansiedad que me agobiaba me hizo quedarme en vela hasta altas horas de la noche.
Sesión del 28 de diciembre de 2023 - Honestidad radical
Llegué con la nota abierta en el celular y la cara de quien finge que durmió.
—Escribí el título —le dije, como si eso fuera un gran logro.
Ella sonrió apenas.


—¿Por qué “fallido”?
Me quedé callado un segundo. La verdad me dio vergüenza.
—Porque… si soy honesto, no quiero olvidarla. Quiero que vuelva. Quiero que la historia se corrija.
—Ese es el punto de partida —dijo, sin juicio—. No te juzgues por querer. El problema no es querer. El problema es quedarte ahí, esperando un imposible, esperando reparar algo que ya está tan roto que, aunque intentes repararlo, te harás más daño por las superficies filosas que quedaron.
—¿Qué te está costando seguir esperando: ¿el sueño, el orgullo… o tu paz?
—El sueño… y la paz —admití—. Y también me está costando verme al espejo sin sentir que me estoy mendigando.
Luego de decirme eso, me pidió escribir el primer paso como si yo estuviera hablándole a un amigo.
—Sin poesía. Sin orgullo. Sin máscara.
Esa noche al llegar al refugio de mi sofá e imaginé que estaba sentado frente a mi mejor amigo y que mientras nos tomábamos una cerveza le contaba lo que pensaba escribir. Así surgió la inspiración y escribí:
Paso 1: Acepta que no quieres olvidarla
Mis dos nuevas acompañantes afloraron para hacerme ver la visión de cada una.
Razón: deja de fingir valentía.
Emoción: si la olvidas, la matas.
Escribí:
Verdad: No quiero olvidarte. Quiero que no sea verdad que te perdí
Apagué la pantalla y sin buscarlo, sentí tu perfume.
No había nadie. No había nada. Solo esa mezcla tuya, entre crema tibia y algo floral, como si la piel pudiera dejar huellas en el aire.
Me levanté de golpe. Abrí el clóset. Revisé una camisa. Y ahí estaba: un hilo invisible de ti, pegado a la tela.
Razón: lo llamó por su nombre… memoria.
Emoción: celebró el hallazgo como si fuera una señal.
Pero aun así… me ardió en el pecho la necesidad de tocarte, aunque fuera con la imaginación.
Sesión del 5 de enero de 2024 - El duelo no se evita
—Me desperté con la sensación de que estaba conmigo —le dije a la psicóloga—. Olí su perfume.
Ella no se alarmó. No me llamó loco. Eso, curiosamente, me calmó.
—Tu mente está buscando migajas —dijo—. Un olor, una voz, una imagen… No es que ella esté aquí. Es que tú todavía la extrañas. —Me sostuvo la mirada—. ¿Qué te pide hacer esa “señal” cuando aparece?


— Que la busque. Que corra a comprobar. Que le escriba cualquier cosa… aunque sea una excusa. Me pide volver a donde me dolió, porque ahí todavía siento que existe.
Tomó su bolígrafo.
—Vamos a regular el duelo. El duelo no se discute. Se atraviesa. Y se atraviesa mejor cuando dejas de huir todo el día.
—¿Cómo se hace eso?
—Dándole un espacio. Quince minutos. Todos los días.
En mis adentros me dije: Quince minutos para sentir. ¡Ja! Como si el corazón siguiera horarios.
Igual fui obediente y lo hice.
Paso 2: Deja de pelear con el duelo
Regla: 15 minutos al día para sentir sin anestesia.
Puse el temporizador. Me senté en la cama. Y apenas cerré los ojos, apareció esa escena que mi cuerpo guarda como un talismán. No llegó como película: llegó como piel.
Tu espalda tibia contra mi pecho.
El hueco exacto de tu cintura encajando en mi mano, por debajo de la camiseta.
El olor de tu cuello cuando te girabas, ese punto donde tu perfume se volvía respiración.
Mi barba rozándote apenas y tu cuerpo soltándose, no de golpe, sino como una rendición lenta.
Tu respiración cambiando cuando yo te apretaba un poco más, y el silencio entre los dos volviéndose un idioma.
No era un recuerdo romántico. Era corporal, animal… Real.
Razón dijo: es un recuerdo, no es ella.
Emoción respondió: pero se siente igual.
Me dolió tanto que abrí los ojos. Quise huir al celular. Quise poner música. Quise hacer cualquier cosa para no sentir.
Me obligué a quedarme.
Lloré sin elegancia. Lloré como un hombre que no quería llorar y por eso lloraba peor.
Cuando sonó el temporizador, lo apagué. No me sentí mejor.
Pero esa noche dormí un poco más.
—Entré a su chat —confesé.
—¿Le escribiste?
—No.
—¿Pero?
Bajé la mirada.
—Escuché un audio viejo.
Ella asintió, como si ya supiera.
—Eso es suministro. Una dosis. Te hace volar por algunos minutos, y luego vuelve el vacío.
—Y cuando se acaba, dime la verdad: ¿te deja alivio… o te deja más hambre?
Sesión del 11 de enero de 2024 - Agotar las reservas


Me quedé en silencio, recordando mis distintos episodios y luego respondí.
—Más hambre —respondí—. Un alivio chiquito… y después un vacío devastador. Y vergüenza, porque siento que me traiciono sin ofrecer resistencia.
Luego agregó.
—No es que esté mal que la extrañes —dijo—. Lo que te está rompiendo es la forma en que vuelves a ella: como quien busca una dosis para aguantar la noche. Te calma un minuto… y después te deja con más hambre. Y tu cuerpo lo paga: en sueño, en ansiedad, en esa necesidad de comprobar.
Hizo una pausa, corta y precisa.
—¿Estás dispuesto a no darte ni una dosis?
Me quedé mirando mis manos, como si fueran culpables.
—Sí… —dije, pero la palabra me salió con miedo—. Sí, estoy dispuesto. Solo que no sé qué hacer con el vacío cuando se me acabe la “dosis”. Porque a veces lo único que me sostiene es escucharla un segundo… aunque después me deje peor.
La doctora asintió, como quien no se sorprende del hambre.
—Si quieres salir, tienes que cortar la cuerda, aunque duela.
Esa tarde escribimos juntos el paso, pero antes coloco una nota en el manual:
Nota del manual: Si siento urgencia, es abstinencia.
Paso 3: Corta el suministro
Regla de desintoxicación: 30 días sin contacto, sin espiar, sin revisar. No porque te odie. Porque si te miro, me pierdo.
Esa misma noche archivé el chat. No lo borré. Todavía no podía. Y entonces pasó una de esas cosas que, por pequeñas, dan miedo:
Abrí WhatsApp por reflejo. Vi tu nombre arriba, como siempre. Y debajo, durante un segundo, apareció “escribiendo…”.
No “en línea”. No “últ. vez”. “Escribiendo…”
Mi corazón se disparó.
Razón se quedó helada: ¡eso no puede ser!
Emoción gritó: ¿ves? ¿ves?
Parpadeé. Volví a mirar.
Ya no estaba.
Solo tu nombre y el silencio.
Intenté hacer una captura de pantalla. Mis dedos temblaban. Cuando revisé la galería, la captura no existía.
Me quedé sentado con el celular en la mano, sintiéndome ridículo y vivo al mismo tiempo, como si la esperanza fuera una droga que se fabrica sola.
Al día siguiente llamé a la psicóloga a su celular y se lo conté.
Hubo un silencio corto, como si ella estuviera ordenando la escena en su cabeza.
—Antes de decirme si fue real o no… dime qué hiciste cuando lo viste.
Me quedé mirando mis dedos, como si todavía estuvieran temblando.
—Me quedé clavado. Como si el teléfono me hubiera agarrado por el pecho… y yo no supiera si estaba a punto de salvarme o de hundirme.
—¿Qué parte de ti quería que fuera real?
Tragué saliva. La respuesta me dio vergüenza.
—La parte que todavía cree que una señal puede coser una promesa rota. La parte que… no quiere aceptar el desengaño completo.
—¿Y qué te dio más miedo: que fuera mentira… o que fuera verdad?
Solté una risa sin humor.
—Que fuera verdad. Porque si era verdad, yo iba a correr. Iba a obedecer. Y si era mentira… igual me di cuenta de algo peor: que mi emoción puede inventar una puerta con tal de volver a tocarla.
La escuché respirar del otro lado.
—¿Cómo has dormido?
No supe qué responder. Porque la verdad era esta: yo llevaba semanas durmiendo a pedazos, con muy pocas horas de sueño y muy intermitente.
—Cuando estás cansado y roto, la mente hace trucos —dijo—. Te inventa señales con tal de llevarte de regreso. No estás loco: estás agotado. —Bajó la voz—. Prométeme algo: si aparece “algo raro”, no lo sigas. Respiras… y esperas.


—¿Entonces no fue real?
—No lo sé —dijo, y no me regaló un cierre fácil—. Puede haber sido real, puede haber sido tu mente, puede haber sido una coincidencia. No me voy a casar con una explicación.
Hubo una pausa. Sentí que me estaba sosteniendo sin terminar de salvarme.
—Me interesa otra cosa —continuó—: lo que te pasó por dentro cuando lo viste. Porque fuera real o no… tu cuerpo reaccionó igual.
Respiró, más suave.
—Si vuelve a pasar algo así, no lo persigas. Respiras… esperas… y después miras los datos. ¿Está bien?
Me dolió admitirlo: lo primero que se me encendió fue la esperanza. Y detrás, el miedo de que esa esperanza me volviera a partir.
Decidí colocar una nueva nota el manual:
Nota del manual: No confundir deseo con destino.
Sesión del 26 de enero de 2024 - Desidealizar sin traicionar
—Cuando la recuerdas, ¿qué recuerdas? —preguntó.
—Lo mejor.
—Claro. Porque lo mejor es lo que te mantiene amarrado.
Me dio una hoja. Dos columnas.
Yo apreté el papel como si me estuviera pidiendo traicionarte.


Lo que amé:
Tu risa tibia cerca de mi cuello, cuando te reías sin darte cuenta.
Tu manera de decir mi nombre con sueño, como si me lo susurraras por dentro.
Tus uñas dejándome marcas en la espalda cuando tu cuerpo pedía “no te vayas” sin decirlo.
Tu piel contra la mía cuando me buscabas en la madrugada, a oscuras, sin explicaciones.
La forma en que te entregabas cuando por fin dejabas de pelear contigo… y te quedabas.
Paso 4: Desidealiza con evidencia
Lo que me hirió:
Tus promesas incumplidas.
Tu “mañana hablamos” que se hacía semanas.
Tu silencio como castigo.
Tus heridas convertidas en excusa para no quedarte.
Tu forma de volver a medias: decirme “sí, me gustas” y al mismo tiempo empujarme afuera con un “pero no puede ser”. Como si me abrieras la puerta para cerrármela en la cara, una y otra vez.
Y esas miradas —cuando no estabas molesta conmigo—, miradas que decían “deberíamos”, que me rozaban por dentro y me dejaban caminando el resto deldía con la fantasía en la boca.
Al terminar de escribir me quedé meditando en el desengaño de descubrir que mi amor no era suficiente para tu miedo. Mi costumbre de esperarte incluso cuando ya me estabas dejando.
La psicóloga leyó la lista sin dramatismo.
—No estás soltando algo perfecto —dijo—. Estás soltando algo que te hacía vibrar… y también te rompía.
Razón, cansada, respondió: ¿Y yo? ¿Quién me sostuvo cuando ella se fue?
Emoción quiso defenderte: Ella tenía heridas, ella no sabía, ella hizo lo que pudo.
Ahí entendí el centro de “no pudo ser”. No era falta de amor. Era el amor chocando contra promesas que se rompieron, desengaños que se acumularon, y heridas que ninguno de los dos supo sostener sin sangrar al otro.
Sesión del 7 de febrero de 2024 - El cuerpo primero
Una tarde, en la calle, escuché una risa que era la tuya.
Lo juro. La misma cadencia. El mismo tono y brillo.
Giré tan rápido que casi me tropiezo.
No eras tú.
Era otra mujer, con otra historia, con otro destino, con la misma risa por casualidad.
Mi cuerpo no entendió razones. Mi cuerpo solo reconoció.
Cuando se lo conté a la psicóloga, ella dijo:
—Tu cuerpo está en guardia —dijo—. No por amor… por miedo: miedo a que vuelva y se vaya otra vez. —Se inclinó—. Primero bajamos la alarma. Después discutimos la historia.
—¿Dónde sientes cuando se enciende la alarma: garganta, pecho, manos?
—En el pecho… y en las manos —respondí—. Se siente como una presión en mi esternón y mis manos no pueden quedarse quietas, es como si no pudieran parar de buscarla.
—Ahí —dijo ella—. Ahí empezaremos.


Me enseñó respiración, meditación, anclaje, cosas simples.
—No intentes convencer tu mente cuando tu cuerpo está encendido. Primero baja el fuego.
Antes de escribir el siguiente paso del manual, coloqué una nueva nota:
Nota del manual: Si el cuerpo recuerda, no es una orden.
Paso 5: Regula el cuerpo antes de discutir con tu mente
Respira profundo de 4-6 veces.
Medita de 5 a 10 minutos.
Nombra lo que ves.
Vuelve a tus manos.
Vuelve al principio.
Frase: “Ahora duele. Pero pasará.”
Esa noche me ocurrió otro evento no esperado, más íntimo:
Estaba en la cama, a oscuras, cuando sentí el colchón hundirse del lado donde tú solías dormir. Era un peso leve, sentí como emanaba calor. Como si alguien se acomodara sin hacer ruido.
Me quedé inmóvil. El corazón golpeándome.
Razón respondió: no está.
Emoción susurró: está aquí.
Y entonces, muy bajito, escuché en mi cabeza una frase tuya, de esas que solo tú decías:
—No me sueltes…
Abrí los ojos. ¡No había nadie!
Me tragué el nudo en la garganta y respiré como me enseñó la psicóloga. Me repetí: apaga tu cuerpo, calma tu mente, es sólo estrés. Finalmente me dije: Ahora duele. Pero pasará.
Pero mi piel se quedó esperando el contacto que no venía.
Sesión del 20 de febrero de 2024 - La carta que no se envía
Al sentarme en el sillón lo primero que dije fue:
—No fue el perfume esta vez —dije apenas me senté—. Fue la voz. Estaba en la ducha y la escuché clarísima desde la habitación… como si ella estuviera ahí, al otro lado de la puerta.
La psicóloga no escribió de inmediato. Me miró, firme, presente.
—¿Qué hiciste cuando la escuchaste?
—Apagué el agua —respondí—. Me quedé quieto, con el corazón en la garganta. Y lo peor no fue el silencio después… lo peor fue la esperanza que me subió como fiebre, tan rápida que casi me convence.
—¿Qué hizo tu cuerpo?
Me vi a mí mismo, ridículo, fiel.
—Quiso correr. Quiso buscar el teléfono. Quiso abrir la puerta como si en abrirla pudiera abrir también el pasado.
La psicóloga sostuvo la mirada un segundo.
—¿Y qué te pedía esa voz, en realidad?
Respiré hondo. Me ardió la garganta.
—Que le contestara. Que volviera a creer. Que olvidara las promesas incumplidas como si fueran detalles… que dejara el desengaño a un lado con tal de sentirla cerca, aunque fuera mentira.
La psicóloga asintió despacio.
—Entonces escribe esto en el manual —dijo—:
Si mi mente reproduce su voz, no la sigo. Respiro y vuelvo al presente.


Recién ahí tomó el bolígrafo.
—Necesitas un final, escribir una carta, aunque sea simbólico —dijo—. No para borrarla… sino para que tú dejes de quedarte esperando.
—¿Y si escribirle me hace recaer?
—Escribir no es recaer. Enviar, sí.
Paso 6: Escribe la carta que no vas a enviar
1. Lo que agradezco
2. Lo que dolió
3. Lo que elijo
Esa noche te escribí como si estuvieras sentada frente a mí. Con esa cara tierna y esa mirada que me dabas cuando estabas llena de expectativas por lo que te diré:
Te agradezco por cada palabra que me diste con cariño y amor para calmarme.
Te agradezco cuando tus manos me buscaron sin hablar, como si tu forma de decir “aquí” fuera el tacto. Como si tu palma supiera exactamente dónde apretar para bajarme la tormenta.
Te agradezco por tus besos largos, esos que no pedían permiso, sino paz. Por cómo después te quedabas pegada a mi pecho, quieta, escuchando mi latido como quien se asegura de que el mundo sigue. Por esa manera tuya de acomodarte ahí, en silencio, hasta que tu respiración y la mía se volvían una sola cosa.
Te agradezco como supiste sobrellevar mis locuras y por tu espontaneidad para disfrutar cada momento.
Y después, con una honestidad que me dejó temblando, escribí lo que dolió:
Me dolió que prometieras quedarte y te fueras.
Me dolió que pidieras tiempo cuando yo pedía verdad.
Me dolió que tus heridas fueran una excusa para romper lo que jurabas cuidar.
Me dolió que dijeras que era maravilloso pero que al final no fui suficiente para ti.
Y finalmente escribí lo que elijo:
Dejar de volver a una puerta que siempre está cerrada y me hace tanto daño.
Guardé la carta. No la envié.
Y aun así, esa noche soñé contigo. En el sueño tu boca me decía lo que nunca me dijiste despierta: ¡perdón!
Me desperté con el corazón engañado.
Sesión del 13 de marzo de 2024 - Volver a mí
—¿Quién eres sin ella? —preguntó la psicóloga.
La pregunta no me cayó en la cabeza. Me cayó en el pecho.
Abrí la boca y no salió nada, porque yo estaba acostumbrado a definirme en plural, a nombrarme con el eco de su risa, con el calor de su espalda, con la excusa de que “nosotros” explicaba todo.
Tragué saliva y me miré las manos, como si allí hubiera una respuesta.
—Soy… —dije al fin, y me escuché extraño—. Soy el tipo que se afeita igual, aunque ya nadie le pase los dedos por la mandíbula después.
La psicóloga no se movió y me dejó continuar.
—Soy el que se pone perfume por costumbre… y luego se arrepiente cuando lo huele y se acuerda de cómo tú… —me detuve, corregí— …de cómo ella se me pegaba al cuello para decirme que olía “a casa”.
Me pasé una mano por la nuca. Sentí el cansancio en los hombros como si llevara días cargando un saco invisible.


—Soy el que se ve más flaco en el espejo, pero no por dieta… por vacío. El que tiene ojeras que no se tapan con café. El que se despierta a las tres de la mañana y se queda mirando el techo, esperando no sé qué, como si el mundo todavía me debiera una explicación.
Respiré hondo. Me ardió un poco la garganta.
—Soy el que aprendió a caminar más lento para no correr a buscarla. El que se muerde la lengua cuando le dan ganas de escribir “hola”. El que se sienta en un banco y se queda quieto hasta que el impulso baja… aunque por dentro sienta que se está rompiendo otra vez.
Levanté la mirada un segundo, apenas.
—Y soy también el que… todavía guarda memoria en la piel. —Mi voz bajó sin permiso—. Como si mi piel no se hubiera enterado de la despedida. A veces me acuesto y mi espalda reacciona como si ella fuera a apoyarse otra vez: siento el recuerdo del peso, la presión suave de sus uñas, el calor en mi cintura. Y tengo que respirar hondo, despacio, para convencerme de que ya estoy solo aquí… y que eso ya pasó.
Me quedé en silencio. Me dio vergüenza haber dicho tanto.
La psicóloga asintió despacio.
—Eso —dijo—. Eso eres “tú” sin ella: no un hombre vacío, sino un hombre en reconstrucción. Y mientras lo mencionas, te estás devolviendo.
Paso 7: Devuélvete a ti
Haz una lista de diez cosas que te guste hacer y que te definan. Luego, elige una y practícala.
Elegí cocinar.
Y cocinar me devolvió a ti con una crueldad preciosa:
Tú en mi cocina, descalza, robándome pedazos de comida con los dedos, pegándote a mi espalda como si ese fuera tu lugar. Metías las manos por debajo de mi camiseta sólo para molestar, sólo para decir “estoy aquí”. Tu piel tenía esa textura que yo reconocía sin mirar; el peso de tu cuerpo me ordenaba la respiración. Tu boca rozándome el cuello para distraerme, y tu risa bajita cuando yo fingía que no me importaba… cuando sí me importaba todo.
Hice pasta. Me temblaron las manos al servir.
Razón: tú también mereces estar aquí.
Emoción: ella debería estar aquí.
Comí igual. Sin música, sin nostalgia al ver fotos, sin publicar nada. Solo yo, respirando.
Esa noche anoté en el manual una frase que se sintió como un juramento:
Yo existo incluso cuando no te tengo.
Sesión del 9 de abril de 2024 - Pistas y protocolo
Retomé con la psicóloga los eventos del “escribiendo…”, de la risa, del colchón, de la voz, del perfume. Le conté mi miedo, sin decorarlo:
—Siento que a veces mi cabeza inventa cosas. Y parte de mí quiere creerlas.
Ella no me miró con alarma. Me miró con humanidad.
—¿Qué pasa justo antes de que aparezcan esas señales? ¿Soledad, cansancio, silencio?
Cerré los ojos, respiré y respondí lo primero que vino a mi mente:
—Cansancio y silencio —dije—. Casi siempre al final del día. Estoy solo… y me doy permiso de una grieta: abro el chat, miro una foto, me digo “solo un segundo”.


Hizo una anotación en su libreta y luego me dirigió una mirada que me transmitió calma.
—Ahí está el patrón —dijo—. El plan empieza antes del gatillo.
—Estás bajo estrés emocional. Y estás privándote de un estímulo al que tu cerebro se acostumbró. La mente, cuando entra en abstinencia, hace trucos.
—¿Entonces estoy…?
—Estás herido —me interrumpió—. Y el deseo es un buen guionista. —Pausó—. Lo importante: cuando aparezca una ‘señal’, no corras. Verifica. —Y preguntó—: ¿puedes darte diez minutos antes de obedecerla?
Me quedé pensativo viendo al ventanal y le respondí:
—Diez minutos se sienten eternos… pero sí. Puedo. Si en esos diez minutos no me muero, entonces no era urgencia: era abstinencia.
Luego me dio una tarea concreta, casi científica:
—Cuando creas que pasa algo, revisa datos, no impulsos —dijo—. Tres chequeos: hora, conexión, modo avión. Si uno falla, no actúes. —Y remató—: si es real, va a sostenerse sin que tú te destruyas.
Y me pidió escribirlo como un paso del manual.
Paso 8: Plan para días de recaída y desvaríos
Respirar.
Volver al cuerpo.
Verificar datos (hora, conexión, registro).
No decidir desde el pico emocional.
Vuelve a respirar y comienza nuevamente.
Regla final: “No negocies con la nostalgia.”
La frase me dio risa y rabia.
Porque yo soy un hombre que negocia con la nostalgia todos los días.
Sesión del 18 de julio de 2024 - La tregua
No fue de un día para otro. Fue más bien como cuando el mar dejaba de golpearte, pero igual te mojaba los tobillos… Seguía doliendo, solo que ya no me tumbaba.
La psicóloga lo notó antes que yo.
—Te ves distinto —dijo al comenzar la sesión—. ¿Cuántas horas dormiste esta semana?
Me sorprendió tener una respuesta.
—Seis. Algunos días siete.
Ella asintió, como si esa cifra fuera un trofeo silencioso.
—Eso no es “olvidar”—dijo—. Es tu cuerpo volviendo a ti.
Y yo me reí. Una risa pequeña, casi culpable, como si reír fuera una forma de traicionarte.
Luego me quedé meditando un instante y luego le comenté que aun con seis horas de sueño, la primera imagen del día a veces seguía siendo tu espalda, tu piel bajo la luz mínima, el modo en que te girabas hacia mí cuando ya estabas rendida. Pero había una diferencia: ya no me quedaba pegado a esa escena. La veía pasar como se veía pasar un tren desde la ventana: duele, sí… pero no me arrastra.
También le dije que esta semana dejé el modo avión activado por costumbre, no por castigo. Ya no lo usaba como quien se amarra las manos para no tocar una puerta, sino como quien se pone una venda para que la herida no roce con todo. Empecé a confiar un poco más en mí.


Hay una anécdota que le conté a la psicóloga como un logro: Volví a contestar mensajes de amigos que había ignorado por semanas. Dije “sí” a un café. Dije “sí” a una salida corta. Me senté con ellos y descubrí algo raro: el mundo seguía teniendo chistes, planes, historias… aunque mi historia se hubiera roto.
Estando con mis amigos, hubo un momento, en esa mesa, en el que me reí de verdad. Sentí la risa subir desde el pecho, limpia, sin esfuerzo. Y justo después me pegó la nostalgia como un golpe tibio —a ti te habría gustado esto— pensé. Tú habrías dicho algo sarcástico, me habrías rozado la rodilla con la tuya por debajo de la mesa para que me callara, y luego habrías apretado mi muslo apenas, lo justo para recordarme que ese secreto era nuestro. Habrías sonreído con los ojos, como si el mundo no supiera nada.
Razón hizo lo que aprendió: respirar y volver al presente.
Emoción quiso abrir esa puerta: escríbele, cuéntale, que sepa que estás vivo.
Al llegar a mi casa, esa noche anoté en el manual:
Me reí sin permiso. Y el mundo no se cayó.
—¿Y cómo te va en el trabajo? —preguntó la psicóloga—.
Respondí: Siento que vuelvo a tener el control. Volví a entregar a tiempo. Volví a concentrarme sin que su nombre se colara en cada pausa. Hubo días en los que pasaron horas sin pensar en ella… y cuando me di cuenta, no fue alegría lo que sentí, fue un vacío suave, como si mi mente dijera “mira, se puede” y mi corazón respondiera “sí, pero qué raro se siente”.
Los episodios extraños también bajaron. Ya no olía su perfume en cualquier esquina. Ya no escuchaba notificaciones fantasmas como si el aire me hablara. Y eso fue lo que más me tranquilizó: la realidad empezó a sonar más estable.
La psicóloga asintió despacio, como si estuviera confirmando algo que ya venía observando en mí.
Algo que le resalté a la psicóloga fue:
—Sabe, ya no me pasa tanto eso… lo de creer que veo, siento o escucho cosas.
—Es una señal… pero no un certificado —dijo—. Estás durmiendo mejor, y cuando el cuerpo descansa, el ruido baja.
No lo dijo como quien sentencia. Lo dijo como quien advierte.
—A veces, justo cuando uno mejora, aparece la prueba. Si llega algo que parezca “ella”, no lo conviertas en destino. Vuelve al protocolo.
Me quedé callado, mirando sus manos sobre la libreta, pensando en las mías sobre tu cintura, en lo fácil que era para mi cuerpo recordarte, aunque mi cabeza estuviera aprendiendo.
—Pero sigo… —dije, con la voz más baja—. Sigo sintiéndola en la piel a veces.
Ella no se asustó de esa frase. No la volvió patológica. La hizo humana.
—Eso no se apaga con un switch —respondió—. El cuerpo tarda en salir de la costumbre. Tú solo no lo uses como brújula para volver.
Yo ya iba a levantarme cuando la psicóloga me frenó con una mirada.
—Te voy a hacer una pregunta incómoda —dijo.
—Hágala.


—Si mañana ella aparece —con una historia, con un “hola”, con un audio— ¿qué haces primero?
Me quedé en silencio un segundo. Sentí el reflejo de siempre: correr.
Pero respondí con la voz que estaba aprendiendo a sostenerme.
—Respiro. Verifico. No respondo con hambre.
—¿Y si tu cabeza te jura que es real?
La pregunta me tocó un nervio antiguo.
—Entonces hago lo más triste… —dije—: me doy tiempo antes de creerme. Diez minutos. Aunque me queme por dentro.
La psicóloga asintió, como quien ve a alguien tomar una herramienta y no un atajo.
—Escribe una línea para esos diez minutos.
Saqué el celular y la escribí ahí mismo, con las manos quietas a la fuerza:
Nota del manual: Si llega algo que me incendia, no lo toco en caliente.
Salí de esa sesión caminando más derecho. No porque me sintiera curado. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que yo podía sostenerme.
Esa misma noche, mientras me lavaba los dientes, me miré al espejo y vi algo que no veía desde hacía semanas: mis ojos. No los ojos del hombre abandonado. Eran los ojos de un hombre que estaba aprendiendo a vivir con lo que perdió sin convertirse en su pérdida.
En el manual escribí otra línea, sencilla:
Hoy estuve bien. Y aun así la amé.
Y eso, extrañamente, me dio paz. Porque significaba que mi mejoría no te borraba; solo me devolvía.
29 de septiembre de 2024 - El gatillo
Luego del pasar de unas semanas de la última sesión. Tuve días buenos, días aceptables y días en los que tu recuerdo dolía como una costra, no como una herida abierta.
Una tarde salí del trabajo y sentí algo parecido a orgullo. No por estar feliz. Sino por estar en pie.
Me senté en un banco del parque a disfrutar del atardecer, abrí Instagram sin pensar, y ahí estabas:
Tu historia.
Tu cara de lado, la luz suave, esa forma tuya de mirar como si la vida estuviera a punto de decirte un secreto. La canción era una de las nuestras y sobre la pantalla (como una flecha directa al pecho) la frase:
Hoy estuve bien. Y aun así la amé.


El aire se me quedó a medias.
Razón intentó intervenir: No sabes si es para ti. Y aunque lo fuera, eso no arregla las promesas rotas. Eso no cura los desengaños. Eso no vuelve confiable lo que te hizo dudar.
Emoción despertó como una bestia dulce: Te está hablando. Es para ti. Dile algo. Solo un ¡hola!
Como hipnotizado, entré a tu perfil. Había una foto nueva: una mesa y dos tazas de café. Supe que la segunda no era la tuya, no por paranoia, sino por esos detalles mínimos que yo te conozco: tú siempre eliges de una forma particular, y esa taza —esa elección— no te pertenecía.
Mi estómago se cerró. Abrí el chat. Miré la caja de texto como si fuera una puerta.
Escribí: “Hola…”
Y me quedé allí, con el “hola” temblando, como si fuera un fósforo a punto de prender un incendio.
Entonces sonó el sonido de un mensaje. Y apareció un audio de ti. Un audio nuevo.
Mi corazón se disparó como si hubiera estado esperando esa escena toda la vida.
El audio decía 0:17. Debajo, tu nombre. Arriba, el silencio del mundo.
Razón se agarró al manual: Verifica.
Emoción se rindió: Dale play.
Tragué saliva. Me dolió la garganta. Miré la esquina superior de la pantalla.
Modo avión (Lo tenía activado). Yo mismo lo había dejado así desde la mañana, manteniendo ese ritual para que el celular no fuera mi herida abierta: sin datos, sin llamadas, sin mensajes.
Volví a mirar el audio. Seguía ahí.
Y había algo más: no tenía hora. No decía “hoy”, no decía “ayer”, no decía nada. Como si flotara fuera del tiempo. Tampoco tenía checks. Ni uno. Ni dos.
Mi dedo tembló encima del botón de reproducir.
Razón susurró: Es tu hambre.
Emoción susurró: Es real. Es ella.
Y aun así… lo toqué para reproducirlo y así escuchar nuevamente tu voz.
El círculo se puso “en reproducción”. Pero el contador no avanzó.
Se quedó clavado en 0:00.
No se movió la barra. No se movió nada.
Y aun así… escuché tu voz. No desde el parlante, sino como si me hablara el recuerdo directo al oído, desde adentro. Una voz que no entró por el aire: se me metió en el pecho, en ese lugar donde todavía te guardo sin permiso.
—¿Estás despierto?
Se me tensó la garganta como si fuera a responderte en voz alta. Sentí un frío fino en la punta de los dedos, y la piel de los antebrazos se me erizó con la misma exactitud con la que tu nombre me ha tocado siempre: sin tocarme.
Volví a mirar la pantalla.
0:00. Modo avión. Silencio en el mundo.
Pero tu voz… seguía ahí.
Volví a tocar play, como un hombre que buscaba pruebas para negar lo que ya le estaba pasando.
Nada.
0:00.


Y entonces, como si la vida quisiera burlarse con delicadeza, el “hola…” que yo había escrito empezó a borrarse solo, letra por letra, como si una mano invisible me estuviera salvando o empujando… no lo sé.
Me quedé mirando la caja vacía. Mi pecho subía y bajaba rápido.
Razón temblaba: esto no es real… o sí… pero no ahora… no así…
Emoción lloraba sin lágrimas: respóndele.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolió la palma.
La voz volvió, suave, íntima, como si estuvieras sentada al lado mío, rozando mi brazo:
—¿Estás despierto…?
Y yo no sé si fue el audio. No sé si fue un recuerdo. No sé si fue tu fantasma o mi deseo haciendo teatro.
Solo sé que el banco, la calle, la gente, el ruido… desaparecieron.
Solo estábamos tú y yo otra vez, en ese punto exacto donde siempre se rompía todo: la promesa de cuidarnos… la herida que no sanó… la ilusión de que el amor bastaba.
El manual entero se volvió una sola instrucción, la única que de verdad importa:
¡¡¡Elige!!!
Y yo…
